Kamaleón Político
Merecible reconocimiento a Alejandro Armenta por el Puente de la Transformación
Por: Fortino Morales Pacheco
Durante décadas, los habitantes de las comunidades ubicadas alrededor de la presa Manuel Ávila Camacho, mejor conocida como Valsequillo, aprendieron a convivir con una realidad que para muchos parecía normal, pero que en el fondo representaba una profunda injusticia social. Mientras el desarrollo avanzaba en otras regiones, miles de familias de la zona sur de la capital y municipios vecinos continuaban dependiendo de una panga para cruzar de un extremo a otro de la presa y realizar actividades tan cotidianas como ir a trabajar, acudir a una consulta médica, estudiar o comercializar sus productos.
La historia es contundente. La presa fue construida en 1946 y, durante más de siete décadas, gobiernos priistas y panistas fueron y vinieron sin atender una demanda histórica de las comunidades de esta región. La marginación y el aislamiento parecían formar parte del paisaje. Sin embargo, esa realidad cambió con la construcción del Puente de la Transformación, una obra impulsada por el gobernador Alejandro Armenta, que hoy representa un acto de justicia para los pueblos originarios y para miles de familias que durante generaciones esperaron ser escuchadas.
Los beneficios son evidentes. Donde antes el cruce implicaba aproximadamente 50 minutos entre ida y vuelta, con 25 minutos por trayecto dependiendo de las condiciones de operación de la panga, hoy el recorrido se realiza en apenas un minuto y treinta segundos en automóvil y cuatro minutos a pie. La diferencia no sólo es cuestión de tiempo; significa oportunidades, acceso a servicios y una mejor calidad de vida.
El Puente de la Transformación conecta la junta auxiliar de San Baltazar Tetela con la Inspectoría Los Ángeles Tetela, convirtiéndose además en una nueva puerta de acceso hacia la Mixteca poblana. Su construcción requirió una inversión de 353.7 millones de pesos, financiada en un 59 por ciento por el Gobierno del Estado y en un 41 por ciento por el Ayuntamiento, demostrando que la coordinación institucional puede traducirse en beneficios concretos para la población.
La obra posee una longitud de 480 metros y su desarrollo incorporó trabajos de alta tecnología, particularmente en la cimentación y profundidad de las trabes, realizados bajo los estrictos lineamientos y protocolos establecidos por la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), garantizando seguridad y viabilidad técnica en una zona de gran complejidad hidráulica.
Pero más allá de las cifras, este puente construye algo mucho más importante: puentes de bienestar. Acerca servicios de salud, impulsa el desarrollo económico, facilita el traslado de estudiantes y productores, fortalece el comercio regional y abre nuevas oportunidades para comunidades que durante años permanecieron prácticamente desconectadas.
Es importante reconocer también el papel que durante décadas desempeñó la panga de Valsequillo. Actualmente opera de 5:30 a 22:30 horas, transporta alrededor de 350 vehículos diarios y cobra una tarifa de 30 pesos por unidad. A lo largo del tiempo se ha reforzado con medidas de seguridad como chalecos salvavidas, barreras protectoras, capacidad máxima de 14 vehículos y cables tensores que la mantienen asegurada a ambos puertos.
Sin embargo, aunque se trata de un sistema de transporte generalmente seguro, la historia demuestra que no ha estado exento de riesgos. En agosto de 2020, un vehículo cayó al lago cuando intentaba abordar la embarcación, presuntamente porque su conductor se encontraba en estado inconveniente. Pero el episodio más doloroso permanece en la memoria colectiva desde finales de agosto de 1992, cuando una combi con pasajeros se hundió en las aguas de Valsequillo, provocando la muerte de once personas y dejando únicamente cuatro sobrevivientes. Las labores de rescate fueron especialmente complicadas por la oscuridad de la noche, la presencia de lirio acuático y la necesidad de descender a más de treinta metros de profundidad.
Tampoco fue el único accidente fatal registrado en el lago. En marzo de 1972 se hundió una lancha que cobró la vida de cuatro personas. Desde la década de los setenta hasta nuestros días, otras tragedias han ocurrido en este cuerpo de agua: personas que perdieron la vida intentando rescatar una caña de pescar, al acercarse demasiado para tomar una fotografía o incluso por entrar en contacto con la espuma tóxica que en diversos momentos se ha formado en la presa.
Por eso, el Puente de la Transformación no sólo representa una obra de infraestructura. También simboliza el fin de una etapa de aislamiento y riesgo para miles de habitantes. Es una respuesta concreta a una exigencia que permaneció ignorada durante décadas y una muestra de que cuando existe voluntad política, las demandas históricas pueden convertirse en realidad.
Hoy, más de 1.7 millones de habitantes de siete municipios cuentan con una conexión moderna, segura y eficiente. Lo que durante años fue una promesa pendiente, ahora es una realidad tangible. Y cuando una obra reduce desigualdades, acerca oportunidades y transforma la vida cotidiana de las personas, no hay duda de que merece reconocimiento.
El Puente de la Transformación no sólo une dos orillas de Valsequillo; une comunidades, conecta generaciones y abre una nueva etapa de desarrollo para una región que esperó más de 70 años para recibir justicia.
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