Kamaleón Político

Puebla: el banquete de la simulación

El sábado no fue una simple comida de cumpleaños. Fue una fotografía del poder en Puebla. El festejado: Manuel Bartlett Díaz, quien llegó a los 90 años con una biografía que atraviesa, sin rubor, el viejo régimen priista y la autodenominada Cuarta Transformación.

Ex gobernador, ex secretario de Gobernación en tiempos de Miguel de la Madrid, y más recientemente director de la Comisión Federal de Electricidad durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, Bartlett es un símbolo de continuidad. Para muchos, también de impunidad. Su nombre sigue asociado a la célebre “caída del sistema” de 1988, uno de los episodios más cuestionados de la historia electoral mexicana, y a polémicas que lo persiguieron durante décadas.

Pero más revelador que el pasado del festejado fue la lista de invitados.

En la mesa se sentaron personajes de todos los colores partidistas —o más bien, de todos los colores que con el tiempo se destiñen y se vuelven del mismo tono. Ahí estuvo Melquiades Morales Flores, ex gobernador priista, aún con peso político en Puebla. También asistió el actual mandatario estatal, Alejandro Armenta Mier, quien transitó del PRI a Morena y hoy enfrenta cuestionamientos por la inseguridad que golpea al estado.

No faltó el senador Ignacio Mier Velasco, coordinador de la bancada morenista y aspirante natural a la gubernatura en 2030. Tampoco el panista histórico Francisco Frayle García, fundador de Acción Nacional en Puebla, referente moral para muchos militantes blanquiazules.

Y como en todo buen convivio del poder, también acudieron figuras de segundo nivel pero de primera utilidad: Rodrigo Abdala, delegado de Bienestar y sobrino político del festejado, y José Luis Flores Hernández, ex secretario de Finanzas.

El mensaje es claro: en Puebla no hay adversarios, hay socios circunstanciales.

La oposición que en tribuna se desgarra las vestiduras, en privado comparte el pan y la sal. Los que ayer fueron “rojos” hoy son “rojillos” guinda; los que se dicen panistas críticos terminan departiendo con quienes supuestamente representan el pasado que juraron combatir. La alternancia partidista parece ser sólo un cambio de membrete en el mismo club político.

Este tipo de reuniones exhiben una verdad incómoda: la política poblana no gira en torno a proyectos ideológicos sino a la preservación de cotos de poder. El calendario electoral —2027, 2030— seguramente fue tema de sobremesa. No para discutir cómo enfrentar la inseguridad o el rezago social, sino para medir fuerzas, negociar posiciones y asegurar que, gane quien gane, el círculo permanezca intacto.

La escena del cumpleaños de Bartlett es más que una anécdota social. Es la metáfora perfecta de la simulación democrática: partidos que compiten en público pero pactan en privado; discursos que confrontan hacia afuera pero concilian hacia adentro; políticos que cambian de camiseta sin cambiar de intereses.

Mientras tanto, el ciudadano común enfrenta la violencia cotidiana, la precariedad económica y la desconfianza en sus instituciones. Afuera, la realidad; adentro, el banquete.

A los 90 años, Bartlett celebró rodeado de quienes han construido —y reconstruido— el poder en Puebla durante décadas. Quizá esa sea la mayor lección de la comida: en la política local, los años pasan, los partidos cambian, pero los nombres en la mesa siguen siendo, esencialmente, los mismos.

Y esa continuidad no siempre es sinónimo de estabilidad. A veces, es simplemente la perpetuación del mismo sistema que juraron transformar.

@DigitalN

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