Kamaleón Político
La política convertida en reality show
En Puebla ya no se gobierna: se produce contenido.
La nueva obsesión de muchos políticos no es reducir la inseguridad, mejorar los servicios públicos o rendir cuentas. Es salir bien en cámara. Tener más vistas que el adversario. Colocar más espectaculares. Pautar más anuncios en redes. Convertirse en influencer antes que en servidor público.
La ruta hacia 2027 comenzó hace tiempo, pero no en el territorio ni en la gestión. Comenzó en los estudios de grabación improvisados, en las agencias de marketing digital y en los contratos de publicidad disfrazada de “comunicación institucional”.
Hoy vemos funcionarios grabando videos con música épica, caminatas coreografiadas entre vecinos previamente convocados, frases motivacionales aprendidas de memoria y transmisiones en vivo que no resisten una sola pregunta incómoda. Todo cuidadosamente editado. Todo perfectamente iluminado. Todo estratégicamente pagado.
¿Con qué recursos?
Esa es la pregunta incómoda. Porque buena parte de esa sobreexposición no es espontánea ni orgánica. Se financia con dinero público. Con el mismo presupuesto que debería destinarse a seguridad, obra pública, agua potable o programas sociales. La promoción personalizada se disfraza de informe. La propaganda se etiqueta como campaña institucional. Y los espectaculares brotan por toda la ciudad con sonrisas que cuestan millones.
Estamos frente a campañas anticipadas permanentes toleradas por vacíos legales y por autoridades electorales que miran hacia otro lado mientras la promoción personalizada se normaliza.
El problema no es la modernidad ni el uso de redes. Es la sustitución del fondo por la forma. Es creer que gobernar es una estrategia de branding. Es apostar a que la ciudadanía confundirá popularidad digital con capacidad real.
Pero la realidad no se edita.
Mientras se producen reels, Puebla ocupa lugares preocupantes en incidencia delictiva. Mientras se pagan anuncios segmentados, hay colonias sin servicios básicos. Mientras se invierte en posicionamiento, el tejido social se debilita.
La política convertida en espectáculo tiene consecuencias: trivializa el poder y reduce el servicio público a un concurso de imagen. Y lo más grave, instala una cultura donde importa más parecer que hacer.
Rumbo a 2027 veremos más filtros, más frases calculadas y más espectaculares con sonrisas perfectamente diseñadas. Lo que está por verse es si veremos más resultados.
Porque los likes no patrullan calles.
Los seguidores no pavimentan avenidas.
Y los algoritmos no sustituyen la responsabilidad pública.
La pregunta es si la clase política poblana quiere gobernar… o sólo protagonizar su propio reality show financiado por todos.

