Kamaléon Político

 

Puebla: cuando la violencia deja de ser estadística

La inseguridad dejó de ser percepción para convertirse en evidencia. Y las cifras ya no admiten maquillaje.

Datos del propio gobierno federal colocan a Puebla, en enero de este año, en el sexto lugar nacional con mayor número de delitos, con más de 6 mil carpetas de investigación abiertas en un solo mes. No son números fríos: son historias, víctimas y familias rotas.

Pero más allá de las estadísticas, lo que verdaderamente sacude es la crudeza de los hechos recientes. En apenas una semana, 16 personas fueron asesinadas en el estado. Tres ejecutadas afuera de un bar en una de las zonas más exclusivas de la capital; un matrimonio hallado sin vida tras ser reportado como desaparecido; cuerpos desmembrados abandonados como mensaje; una joven asesinada por resistirse a un asalto; un muchacho ultimado mientras pintaba la fachada de una iglesia.

La violencia ya no distingue zonas ni horarios. Tampoco clase social. Se infiltra en lo cotidiano y erosiona lo más básico: la sensación de seguridad.

La seguridad pública no es un discurso, es el pilar de cualquier Estado de derecho. Sin ella, el bienestar social es ficción y la democracia pierde sustancia. Cuando la ciudadanía siente miedo de salir de noche, de transitar por carretera o de abrir un negocio, algo esencial está fallando.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿se está fracturando aún más el tejido social en Puebla? La respuesta parece evidente cuando la normalización del horror empieza a instalarse en la conversación diaria.

¿Qué está fallando?

No es un asunto simple ni admite soluciones mágicas. Pero hay síntomas claros: estrategias reactivas en lugar de preventivas; coordinación interinstitucional que no siempre se traduce en resultados; ministerios públicos saturados; carpetas que se acumulan; impunidad que envía el peor mensaje posible: el delito puede salir barato.

Y está el tema que pocos quieren abordar de frente: la corrupción dentro de los cuerpos policiales. Cuando la ciudadanía desconfía de quien debe protegerla, la fractura es profunda. Sin depuración real, sin controles de confianza efectivos y sin profesionalización constante, cualquier estrategia de seguridad se vuelve frágil.

No se trata de politizar la violencia, sino de reconocer que minimizarla también es una forma de irresponsabilidad. Cada homicidio no esclarecido, cada carpeta archivada sin justicia, erosiona derechos humanos fundamentales: la vida, la integridad, la libertad.

Puebla no es el único estado que enfrenta esta crisis, pero eso no consuela. El sexto lugar nacional en delitos no es un dato menor. Es una señal de alerta.

El desafío es enorme: reconstruir confianza, fortalecer instituciones, atacar las causas sociales de la violencia y, sobre todo, romper el ciclo de impunidad. Porque cuando la violencia se vuelve paisaje, el mayor riesgo no es sólo el crimen… es la resignación.

Y un estado que se resigna a la inseguridad empieza, lentamente, a perder su cohesión democrática.

@DigitalN

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