De la imagen a la presencia; cómo un volcán se convierte en memoria

Por Alejandro Muñoz Mata
«Hijo mío, eres muy joven; un día estarás ahí».
Esta frase, dicha por mi abuelo Aniceto cuando yo tenía seis años en San Luis Potosí, es el inicio de un viaje que no terminaría en la cima de una montaña, sino en lo más profundo de mi ser. Porque hay lugares que no se visitan: se habitan; Y hay paisajes que no se contemplan: se heredan.
¿Qué sucede cuando una fotografía en un libro de texto deja de ser una imagen y se convierte en una profecía? ¿Qué ocurre cuando un abuelo pintor de iglesias y revolucionario siembra en la mirada de un niño la certeza de que lo lejano puede tocarse?
La promesa: A los seis años miré la fotografía del Popocatépetl en un libro de geografía; no había explicaciones científicas, no había datos técnicos; solo había asombro, admiración. Mi abuelo, con la sabiduría de quien ha visto la vida desde todas sus grietas, me regaló una promesa: «Hijo mío, eres muy joven; un día estarás ahí». Era un regalo gratuito, como la libertad, como la gracia. Yo no había hecho nada para merecerlo; simplemente recibí su palabra y la guardé en el corazón.
El encuentro: Los años pasaron; mi familia llegó a Puebla en 1969, el mismo año en que el hombre pisó la luna. Con siete años, salí una mañana a la calle y allí estaba: imponente, humeante, real. El volcán que había sido imagen en un libro era ahora presencia; pero el asombro inicial no bastaba; había que responder a esa presencia, había que sublimarlo. Comencé a mirarlo una y otra vez, a fotografiarlo con un simple celular, a registrar sus rugidos, sus amaneceres, sus atardeceres. Había que contarlo, escribirlo, compartirlo.
La herencia: Hoy, ya con los años encima, he subido a la cima y he contemplado el valle en silencio místico; pero descubrí algo esencial, el verdadero regalo no era estar ahí, sino poder transmitir ese asombro, esa capacidad de admirar. Mi hija ha conquistado cimas de volcanes y montañas, y en sus ojos se reencarna la mirada de mi abuelo Aniceto a través de mí. El círculo se cierra, el asombro no se pierde, solo se transmite; la memoria se vuelve sangre. Herencia.
En este ensayo, publicado en la Revista Nueva Época de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, exploro cómo el Popocatépetl se convierte en símbolo de lo sublime, esa experiencia que nos conmueve y nos hermana con lo trascendental. Dialogando con filósofos como Platón y Kant, con pintores como Velázquez, con poetas como Víctor Toledo y con el cine de La Misión, voy tejiendo una reflexión que no es solo académica, sino profundamente personal.
Porque el volcán no es piedra: es memoria. Es el abuelo que no se fue. Es la juventud que regresa como néctar de nieve y luz. Y cada fumarola, cada rugido, cada amanecer frente al coloso nos recuerdan que la vida es un permanente devenir entre la destrucción y el renacimiento.
Los invito a leer el texto completo, donde la filosofía, la historia y la literatura se encuentran con la experiencia más íntima de quien aprendió que los volcanes no se suben: se sienten.
Pueden consultarlo en: https://cultura.buap.mx/observatoriocultural/?q=ultimo-numero
Revista Nueva Época de la BUAP
El artículo se titula: «El Volcán como símbolo de lo sublime»




